martes, 12 de octubre de 2010

¿Un día como otro cualquiera? (Capítulo II)


Eran las 21:00 de un viernes por la tarde. El laboratorio estaba vacío a falta de ella... y de las ratas que paseaban intranquilas en sus jaulas. Martha cogió una pipeta y succionó una pequeña muestra del tubo de ensayo que tenía delante. Colocó la placa de Petri con la que estaba trabajando bajo el microscopio, aplicó el contenido de la pipeta en ella y observó el resultado. Sin reacción. Genial, cuatro horas desperdiciadas, suspiró mientras vaciaba el contenido de la pipeta en un contenedor de residuos y volvía a empezar.

El ruido mecánico de una impresora de agujas a su espalda hizo que se sobresaltase y soltara la muestra que tenía en ese momento en la mano, cayéndole sobre los pantalones. Perfecto. Mientras se limpiaba se acercó a la máquina de sintetización de encimas y buscó el papel que había causado todo ese estropicio. No había ninguno.

- Entonces, ¿qué máquina ha hecho ese ruido? - se preguntó en voz alta.

En ese momento el ruido volvió a empezar y Marta se giró rápidamente buscando su origen. Finalmente lo encuentró, el fax. Recogió las hojas que habían salido y las leyó por encima.

Instrucciones para la redención: Ángel de la muerte. 
Si no cumple las siguientes instrucciones fallecerá irremediablemente en 10 días.
1º Facilitar el suicido de una criatura torturada. 
2º Matar a un alma perdida. 
3º Resucitar un corazón solitario. 
4º Castigar a un ser pernicioso. 
... 

Con un gruñido arrugó las hojas y las tiró en la papelera más cercana. Ángel de la muerte. Así es como la llamaron después de su primer (y único) año de residencia cuando varios pacientes murieron tras su intervención...

- A ver, ¿quién es el gracioso? ¡¡Venga!! JA JA ¡Muy bueno! Ahora sal y mira el resultado de tu broma - gritó Martha al laboratorio solitario. Pero nadie le contestó.

- Será mejor que me vaya ya... antes de que termine de volverme loca...- ¿tan loca como para hablar sola, le susurró una voz en su cabeza.

Recogió las pipetas y placas, colocó todas las muestras en su sitio y empezó a ordenar sus papeles. Entre ellos encontró una tarjeta de felicitación que no recordaba en la que se veía una caricatura de un gato con unas bolas de cañón atadas a las patas y que decía "Los años pesan...". Al abrirla, junto con una inscripción escrita a máquina, había una frase garabateada a mano que decía "Mañana a estas horas habrás matado a alguien...". Malditos gilipollas. Tiró la tarjeta en la misma papelera que el fax.

Con lágrimas de rabia en los ojos se acercó a darle de comer a las ratas. Una de las ratas se había colado entre las paredes de su jaula, casi asfixiándose. Con mucho cuidado, sacó al pobre animal y volvió a encajar las paredes de la jaula.

- Ya estás, pequeña, en casa - le dijo cariñosamente mientras la volvía a poner en su cubículo. 

Al cerrar la puerta, un alambre suelto se le clavó en el dedo, haciéndole un buen porte. Se limpió la sangre como pudo y le dio un golpe con la grapadora al alambre. En parte para que nadie más se pinchara, en parte para descargar su frustración. Al menos había servido, ahora el alambre apuntaba al interior de la jaula, nadie se pincharía.

Mientras se ponía el abrigo escuchó un pequeño grito procedente de la jaula que acababa de arreglar. Al acercarse el corazón le dio un vuelco. La rata que antes había intentado escaparse de su jaula estaba empalada en el alambre con el que se había pinchado. ¿¡Pero qué coño está pasando!? Sus ojos se fijaron en la placa de la jaula: "Terapia de inhibición del dolor", una etiqueta roja pegada sobre ella rezaba "sin éxito". Un escalofrío recorrió la espalda de Martha, que cogió sus cosas y salió corriendo del laboratorio.

Capítulo III