lunes, 7 de junio de 2010

¿Un día como otro cualquiera? (I)

Eran las 21:00 de un viernes por la tarde. La oficina estaba prácticamente a oscuras, desde mi mesa sólo podían apreciarse los reflejos del despacho de Chang, encargado de los servidores asiáticos, que vivía como un auténtico vampiro. Hoy había llegado a las 18 para hablar con Jefferson y había sido el día que más pronto le había visto llegar en meses. Jefferson. Ese pedante, prepotente, hijo de su... madre. Esa misma tarde, al volver de la máquina de café, me lo había encontrado sentado en mi mesa, revolviendo entre mis cajones. Al preguntarle qué hacía allí, me miró con su sonrisa de anuncio.

- ¡Ah! ¡Johnny! Pensé que te habías ido a casa -replicó sin levantarse-. Pero claro, era una tontería, vives aquí. Pasas aquí más horas que nadie, pero sigues en el mismo trabajo que cuando entramos hace 6 años.

Su aire de suficiencia siempre me había puesto de los nervios, pero hoy estaba demasiado cansado para hacerle una réplica locuaz. Así que me limité a repetirle que si quería algo.

- Pues, mira, sí. Es que van a enviarme unos documentos importantes por fax, sí, todavía hay quien utiliza el fax -dejó escapar una de sus sonrisas condescendientes antes de proseguir-. Y como vas a estar aquí, estate atento y los pones sobre mi mesa, en un sobre cerrado. Yo no me puedo quedar, Molly y yo tenemos una cena en el club.

Con un grácil movimiento, resultado de horas de taichi, pilates o lo que estuviera de moda ahora, se levantó de mi silla y se dirigió hacia su despacho, saludando a varios de mis compañeros al pasar. Todos ellos le contestaban desde sus cubículos con sonrisas amplias y caras iluminadas, como si lo mejor que pudiera pasarles fuera que Henry Jefferson les sonriera.

El ruido del fax, ese aparato arcaico y cuyo uso debería ser perseguido y penado, me hizo volver al presente. Me levanté y recogí los papeles que empezaban a caerse de la bandeja. De uno de los armarios de administración cogí un sobre y, tras recoger los últimos folios que habían llegado, los metí todos en él. Ahora sólo quedaba ponerle el nombre... ¿dónde habría un bolígrafo? Miré por encima en la mesa del fax pero no había ni un triste bic. Así que me fui a mi mesa y rebusqué en los cajones. Tenía uno, seguro. Lo que no sabía era dónde. Saqué varios folios y una tarjeta de felicitación que no recordaba y al final encontré un pilot. Escribí el nombre de Jefferson en el sobre y lo dejé en su mesa.

Cuando volví a mi escritorio, empecé a guardar los papeles que había sacado y vi de nuevo la tarjeta. Una caricatura de un gato intentaba avanzar arrastrando unas bolas de cañón atadas a cadenas. Sobre él se leía "Los años pesan...". Abrí la tarjeta y me quedé sin respiración. En el interior había unas letras de imprenta con el mensaje original de la tarjeta "... pero eso no significa que no puedas divertirte". Bajo ellas había un mensaje manuscrito: "Mañana a estas horas habrás muerto".

Capítulo II
Capítulo III